miércoles, 19 de agosto de 2009
Nuestras leyendas mas conocidas
La Telsita
La ternura popular la apodó Telesita, aunque no faltó quienes le dieran nombre y apellido (Telésfora Castillo) para certificar su existencia.
Cuenta la leyenda que vivía en la espesura del monte, del cual salía al escuchar los acordes melodiosos de la música. Sola, descalza y desgreñada llegaba y se ponía a bailar. Bailaba sola, embriagada en el delirio de la danza. Al amanecer partía rumbo a su monte familiar, por las costas del Río Salado.
En una fiesta no apareció. Los paisanos, extrañados por la ausencia, salieron en su búsqueda. Sólo encontraron su cuerpecito calcinado por las llamas.
Murió joven, casi una niña. Y desde ese día los paisanos la recordaban en todas sus fiestas. La recordaban de la manera que a ella le gustaba: bailando y cantando, disfrutando de la vida.
¡Quién sabe donde nació su culto!
Y poco a poco el baile fue tomando su nombre. Y había más gente que pedía. Que pedía lluvia, que pedía encontrar un animalito perdido, pedía por su salud deteriorada, pedía todo en el fragor del baile.
Este es un baile mágico, con un toque cabalístico ya que el promesante debe bailar siete chacareras y tomar él y su compañera después de cada vuelta, una copa de vino o licor; si llegara a sobrar los únicos que pueden beberla son los músicos.
Las "telesiadas" no tienen lugar ni fecha particular, están presentes todo el año. El promesante ofrece al baile, la música, el vino y las velas que se consumen en su honor.
Finalizando el baile se quema un muñeco de paja que la representa y que durante toda la fiesta está colgado en el alero del rancho, con una cortinita blanca detrás.
Aquí nuevamente están presentes los símbolos: el “blanco” de su pureza y virginidad, el “fuego” de su martirio y purificación y a la vez el elemento que la la hizo deidad en la creencia popular.
La leyenda del Kakuy
Dicen que en el monte vivían dos hermanos. Pero mientras el se desvivía por atenderla y hacerla feliz, ella totalmente indiferente, parecía gozar haciendo daño a su hermano. A veces , hosca y huraña, lo privaba hasta del placer de su compañía. Un día ,cuando el volvía cansado y sediento del monte, ella derramó el último bote de miel que tenían. Harto de soportarla, la invitó al monte, a buscar un nuevo panal que había encontrado. Ella (inexplicablemente) aceptó. Al llegar a un árbol muy alto, él le dijo que debía taparse la cabeza, pues había peligro si las abejas andaban cerca. Ella sumisa y embozada, comenzó el ascenso antes que su hermano. Cuando llego alo más alto del árbol, él, simulando que ascendía, fue bajando mientras desgajaba totalmente el tronco. Cuando pasó el tiempo y ella, quitándose la manta, se dio cuenta de la trampa en que había caído, comenzó a llamar a su hermano;¡Turay!
Al verlo que se alejaba le gritó :¡Cacuy ...Turay! (detente párate hermano).Pero él no regresó. Y mientras la noche envolvía al monte con su manto de negrura, ella se convirtió en pájaro que gime, llamando aún a su hermano.
Podemos preguntarnos: ¿y si el hermano –tan bueno y generoso- requería los amores de su hermana? ¿Y si precisamente, para evitar dárselos, ella se revestía de hosquedad y le daba motivos para odiarla?. La hermana pudo tener presente el tabú sexual que la sangre común le imponía, y no sentir como castigo el convertirse en pájaro, sino mas bien una liberación .
Pero los paisanos, la gente común no hacen estas especulaciones. Profundamente religiosa la gente ve el castigo a la maldad de la hermana, y la leyenda sirve como un examen de conciencia a sus relaciones fraternales. Menos prosaicas son las supersticiones que hay en torno al pajarito que lleva su nombre. Como toda ave de origen mágico, su canto anuncia lluvia y es señal de disputa entre hermanos. También lleva en sí cualidades esotéricas: si canta en el techo de la casa, preanuncia muerte.
Tanto en la leyenda del Cacuy como en la del Urutaú, hay una alegoría mítica: la mujer abandonada que llora el alejamiento de su compañero. El ave- mujer que con su gemido lastimero purgará eternamente una culpa moral: el Urutaú, la liviandad con que aceptó los amores de un desconocido; el Cacuy , la perversidad de la hermana.